• 22
    Jan
    , by Alex

Algunos viajes nunca terminan, es como si una línea infinita de paisajes y sonidos se desplazara frente a tus ojos, componiendo una película que alguna hubieras visto, pero que sabes con seguridad que nunca la has vivido.
Algo así ha sido la expedición que hemos realizado en la Antártida, es continente que tiene todos los parámetros de un espacio ausente, deshabitado, silencioso, donde el mar abraza bloques de hielo errantes, caídos de paredes que un día cubrieron montañas que queremos escalar.
Todo comenzó en las Islas Falkland o Malvinas. Una tierra plana, con pequeñas elevaciones que sustentaron puestos de combate que sucumbieron al fuego de todos los enemigos. Las guerras son así, simplemente nadie gana y muchos pierden.
Unos días por aquellos desolados parajes non advierten que el frio, las nieblas, el mal tiempo y una fauna extrañamente encantadora van a ser los protagonistas de nuestros próximos días. Ypake es el nombre del barco de tres toneladas que vamos a habitar durante un mes. Está amarrado en Port Stanley desde donde partiremos en una travesía de casi 900 millas hasta la Península Antártica. Eso fue a mediados de diciembre. Una mañana de viento suave dirigimos la proa hacia el sur. El sur era nuestro objetivo, todo el sur.
Esos días de inusual calma (después de vomitar sin ganas) comenzamos a aprender los nombres de todos las aves que planeaban a velocidades increíbles junto a nuestro velero: petrel gigante, petrel negro, albatros de ceja negra, albatros real, paiño, petrel damero, etc, etc. Los días fueron fluyendo con el mismo ritmo de las corrientes que de la misma manera que nos empujaban hacían detenernos por su embate. El mar siempre está en perpetuum mobile y ofrece en lucha constante, dura.
Una mañana, muy pronto, apenas la luz gris tomaba otra claridad, avistamos tierra. Nos sentimos marineros ancestrales; eran las Islas Melchior, un cumulo de pequeñas porciones de tierra tapadas de hielo. Llegamos con entusiasmo, alucinados por el entorno casi irreal. Preparamos nuestros trastos y comenzamos a escalar el hielo y a esquiar en aquella nieve. Fue como repetir un sueño que teníamos escondido. Esa noche celebramos la Nochebuena.
Los días siguientes fueron increíbles. Navegamos por el Estrecho de Gerlache hasta la bahía Orne donde atracamos para realizar nuestra primera escalada importante. Las líneas las traíamos desde casa bien miradas, pero aquello era real y estaba delante de nuestros ojos. Como la noche no existe, el tiempo era insignificante. En la tarde no dirigimos hacia el Spigot Peak, una pequeña atalaya sobre el Gerlache. Los pingüinos barbijo nos acompañaron parte del trayecto desde donde vimos navegar nuestras primeras ballenas en perfecta coreografía. El espectáculo iba in crescendo. Un atardecer sin trampas nos dejó en la cumbre. Eran casi las diez de la noche…pero de qué noche?
Después de ese día tan fabuloso, la madrugada nos despertó con un peligro que no conocíamos. Los vientos del oeste habían introducido en la bahía una buena cantidad de icebergs que comenzaban a amenazar el barco. Los más pequeños (tipo vagon de tren, coches, furgonetas, lavadoras,…) rozaban el casco produciendo un sonido casi claustrofóbico. Era como si quisieran oprimir su estructura. A las cuatro de la mañana estábamos peleándonos con los más pequeños, pero a priori sabíamos era una batalla inútil, de gran riesgo para nosotros, pues si caemos al mar apenas disponemos de un par de minutos para salir. La vida se hiela aquí en un espasmo de tiempo. Esta amenaza nos hizo salir pitando de la zona, perdiendo la posibilidad de escalar nuestra primera línea. En fin, teníamos más en el bolsillo.
Esa misma tarde llegamos a la Isla Cuverville. Atracamos en su regazo desde donde veíamos como un imán lleno de atractivo la montaña denominada Wild Spur (1.057m). La línea surgió en nuestras mentes y fuimos a la montaña para poder pintarla. Tras 18 horas de agotador ataque nos recogía de nuevo el capitán Ezequiel en la playa de piedras que nos había dejado hace ya unas buenas horas. Habíamos trazado una línea por su arista oeste: Lorezuri. Hicimos cima más tarde de las 10:00 y regresábamos casi a las 05:00 de la mañana, pero que importa aquí si el tiempo que no te delimita. Fue una ascensión de esas que sueñas por un lugar que nadie antes había pisado.
Días después atracamos en Dorian Bay, cerca de Port Lockroy, un lugar con un paisaje hermosísimo, lleno de montañas que incitan su ascensión. Una de ellas es Jabet Peak, donde realizamos un descenso de esquís superbueno. Desde su cumbre contemplamos nuestro siguiente objetivo, Wheat Peak. No nos decidimos por la ruta ya que todas poseían unos enormes hongos en su salida que nos impedirían llegar a la cima. El riesgo a asumir era alto; las avalanchas que había en el suelo nos informaban ya de los posibles derrumbes. Nos decidimos por un corredor más abierto en su parte izquierda para acceder a una de sus cumbres secundarias. Después de unas horas sobre nuestros esquís llegamos a la base, parecía más fácil de lo normal, pero cuando llegábamos a nuestro segundo largo nos dimos cuenta de que aquel territorio era más duro de lo concebido. Tras 11 largos en una pendiente fuerte llegamos al hongo de salida. Sin darnos casi cuenta el tiempo había cambiado radicalmente y la nevada se hacía presente desde ya hacía varias horas. El frio era intensísimo cuando mire aquél hongo de salida demasiado vertical que apenas se dejaba ver entre la niebla, con un hielo hueco, podrido que no me permitía clavar bien mis herramientas. Un par de sustos y la sensación de que estábamos a la hora equivocada en el sitio equivocado nos hizo detenernos para poner en la balanza todo lo que teníamos que disputar. No veíamos donde estábamos y no sabíamos dónde íbamos. La razón nos ayudó a preparar el primer rapel. Hicimos unos cuantos más antes de tocar el suelo de nuevo, ya aliviados. La línea estaba trazada, pero sin cumbre: Lan eta ekin. Quizás otro año?
Unos días después comenzábamos la travesía hacia el norte, hacia Ushuaia. El mar nos puso esta vez a prueba y vientos de más de 60 nudos con olas cercanas a los 8 metros nos convirtieron definitivamente en hombres de tierra. El mar es otra dimensión, otro universo de latitudes y longitudes incomprensibles, donde la naturaleza no sabe de humanidades.
Puerto Wiliams nos recibió después de 6 días de mar y de pasar por el Cabo de Hornos con una tranquilidad que nos puso muy-muy felices.
La vuelta estaba tocando a su fin, y si mirábamos hacia atrás, la estela del barco Ypake señalaba una tierra que nos había hecho más pequeños, menos importantes, más esenciales quizás, y que jamás, de ninguna manera, llegaremos a descubrir realmente: la Antártida.
Por: Juanra Madariaga (https://www.instagram.com/jrmadari/)
Foto: Diego Martínez.