Un martes cualquiera en el CB

Hace ya días que la nieve nos mantiene atrapados en este Campo Base, sin poder tirar para arriba, pero tampoco para abajo. Al Norte, la montaña ha cerrado sus puertas de momento; y desde el Sur no esperamos poder recibir víveres ni carburante hasta que las condiciones lo permitan, el camino se ha vuelto infranqueable para los porteadores paquistaníes que marchan sin ropa ni calzado adecuado.

Han pasado tres semanas desde que vimos el sol por última vez, y al metro y medio acumulado a lo largo de la semana pasada se le ha sumado, estos dos últimos días, otra capa blanca de unos 40 centímetros. Sin embargo, al menos hasta el momento, ni siquiera hemos barajado la idea de renunciar; a pesar de la marcha de los iraníes, aquí no flaquean los ánimos y vemos pasar los días convencidos de que la ventana llegará, el trabajo realizado hasta ahora bien merece un esfuerzo más.

De todas formas, el verdadero reto lo tenemos ahora mismo en el Campo Base: como decíamos, no esperamos la llegada de los porteadores hasta que la nieve remita, y llevamos ya varios días sin harina, huevos ni azúcar, con pocas variantes más allá de un plato de arroz para comer y otro para cenar. El queroseno de la cocina está en las últimas, Muhzin dice que tiene como para un par de días. Por otro lado, el gas que empleábamos para caldear un poco la tienda comedor por las tardes-noches se ha agotado y non nos queda otra que ir tirando de los EPIgas. Lo mismo ocurrirá en breve con la gasolina necesaria para poner en marcha el generador, de modo que, además de pasar un poco de frío, toca racionar todo al máximo. Está siendo algo parecido a una pequeña aventura de supervivencia que no tardaremos en recordar entre risas.

Es posible que muchos os preguntáis como es la vida en un Campo Base en estas condiciones. Pues bien: nos levantamos todos los días hacia las 8:30-9:00 de la mañana. Tras la visita obligada a eso que aquí llamamos “open area toilet”, dirigimos nuestros pasos todavía adormilados hacia la cocina, donde Muhzin, genio donde los haya, tiene siempre el desayuno en marcha. Cuando aún contábamos con huevos, harina y azúcar, el tío era capaz de convertir una olla en horno con un poco de papel de aluminio, y regalarnos, desde por la mañana, riquísimos bizcochos calientes. ¡Genial! Ahora, sin embargo, las comidas son algo más ‘pobres’. De la cocina pasamos a la tienda comedor, donde llenamos una taza con agua caliente del termo, y cada uno escoge los polvos a su gusto: leche en polvo, café, té, Tang sabor naranja… Y después, hasta que llega el segundo acontecimiento importante del día –la comida–, conviene buscar algún entretenimiento, el que sea, y creednos, cualquiera vale: tirar de la pala para limpiar la nieve acumulada sobre y alrededor de las tiendas –esto es más una obligación si no queremos que revienten y nos coma la nieve–; escuchar música; ver alguna película (ahora esto lo hemos restringido para poder ahorrar las baterías de los ordenadores); mirarse en el espejo durante un rato, y asustarse; coser los agujeros que van apareciendo en los calcetines, en los sacos de dormir y en las prendas de plumas; jugar a las cartas, solos o en compañía; entrar a la cocina a por picoteo y contentarse con la segunda dosis de leche, café, té o Tang del día; un poco de conversación; alguna foto alocada; cambiar de música; preguntar al cocinero qué tendremos para comer; ver cómo queman una cabeza de cabra para después cocer los sesos; de vez en cuando lavar ropa interior, muy de vez en cuando; intentar algo parecido a una ducha con toallitas húmedas; lavarse los dientes; mirar hacia el Norte y tratar de imaginar la silueta del Nanga bajo las nubes; mirar hacia el Sur y soñar con que el buen tiempo llegará; deambular a lo largo de estos escasos 50 metros cuadrados y… hacia las 13:30-14:00, al ver que el arroz está de camino, juntarse alrededor de la mesa. Un poco de sobremesa, y a la siesta, sin duda el mejor postre. Lo cierto es que los días se antojan monótonos cuando el sol no da juego y cuando todos los recursos escasean, pero el humor no nos abandona conocedores de que se trata de una situación pasajera.

Nos reunimos de nuevo en el comedor a las 18:00-18:30 de la tarde, para cenar y conversar: bromear con que el tiempo cambiará resulta siempre socorrido al principio, pero luego los temas toman senderos insospechados y van saltando de un lado a otro sin coherencia ni hilo conductor alguno: la boda de Daniele Nardi a la vuelta de esta expedición es muy comentada; también la situación política de Pakistán; que si el cocinero se ha quemado la mano; que a un agente se le están congelando los dedos; que si hemos visto al ayudante de cocina empeñado en leer el periódico en castellano que trajimos del avión en Enero; cómo ha cambiado el alpinismo; qué difícil se ha vuelto conseguir patrocinios para cualquier expedición; cómo está evolucionando el material técnico; las marcas… y cuando las ideas se agotan y no dan más de sí, si es que el generador sigue en marcha, encendemos el ordenador e imaginamos que estamos en el cine, todos juntos, viendo la misma peli.

A eso de las 21:00 despedida, “buenas noches” y retirada. Cada cuál toma su senda hacia su tienda, y metidos en nuestros sacos de dormir, damos por terminada la jornada.

Desde luego, el día en que divisemos a los porteadores acercarse desde lo lejos, o cuando las predicciones meteorológicas nos de una buena noticia, improvisaremos, aunque solo sea por una noche, una de esas veladas festivas que acostumbrábamos a celebrar cuando la austeridad absoluta todavía no se había instalado entre nosotros. Los locales harán música a partir de bidones vacíos y se pondrán a bailar al son de canciones baltíes que acompañaremos con palmas; también nosotros cantaremos las nuestras.

       

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