Como la fuerza
de la gravedad
atrae nuestros cuerpos

al vacío sin hacer diferencia alguna, la misma fuerza pero a la inversa, siento al tocar la roca con mis manos. Al subir hasta esas cumbres, tan alto que cuando estas allí arriba, te das cuenta de que aún no has alcanzado lo más alto, hasta que llegas de nuevo abajo.
Desde que era un adolescente, me enamoré de la montaña, de la naturaleza, de todos y cada uno de esos pocos reductos por donde el ser humano todavía no ha pisado.
En la vida de un ser humano, la media de vida oscila en algo menos de unos 33.000 días. ¡Si de mí dependiera, trataría de pasar el mayor tiempo posible de mi viaje en las montañas! ¿Qué os parece a vosotros?
Y llego a esa conclusión inevitable pero real y pragmática: la vida es corta, muy corta. Y es solo a través de la generosidad que le quitamos su fin, que la hacemos eterna.
Si por un instante nos detenemos a pensar, hay muchas cosas que son importantes. Pero esenciales, tan solo dos: la vida y el tiempo. Y es cuando en ocasiones miro hacia atrás y veo a ese niño jugando o montando en bicicleta y sorprendido e inquieto me pregunto: ¿qué rápido va esto no?

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