El arte de vivir –o sobrevivir– en un Campo Base invernal

Texto: Igone Mariezkurrena (CB Nanga Parbat)
11/02/2016

… Y mientras tanto… toca pasar muchas horas y combatir el hastío en el Campo Base, lo cuál, créanme, también requiere de cierto arte e ingenio.

Esto es, en resumidas cuentas, un mini-núcleo francamente aislado y completamente autónomo en consecuencia, en el que convivimos, como si de una mini-sociedad se tratase, gentes de diferentes procedencias, diferentes culturas y creencias, diferentes sexos, diversas personalidades, gustos, costumbres, manías… diferentes cometidos y objetivos también, por lo que terminamos adquiriendo y aceptando diferentes roles, diferentes personajes.

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Por supuesto, dependiendo del presupuesto con el que cuenta una expedición, existen varias maneras de venirse al Nanga Parbat invernal. Quien tenga la suerte de contar con un gran sponsor, podrá ordenar comida, queroseno y gas sin límites; su estancia aquí será más cálida y despreocupada, sin duda.

Pero no es el caso. Nuestro contrato con la agencia K2Pakistan incluye servicios limitados y previamente acordados (servicios impecables, por cierto) para 50 días (ya llevamos más de 40); así que también aquí nos apretamos el cinturón para poder ir gastando lo mínimo y ahorrar lo máximo.

Aquí van algunos detalles que pueden ayudar a comprender cómo transcurre nuestra vida aquí, a miles de kilómetros de nuestros hogares.

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TIENDA COMEDOR Y COCINA, DOS EN UNO

Por ejemplo, un primer detalle importante es retirar toda la nieve del terreno sobre el que montar las tiendas que conforman el Campo Base, no vivir sobre nieve sino sobre tierra, por así decirlo, y después, dentro, forrar el suelo con grandes piezas de espuma aislante. Otro truco clave para poder optimizar al máximo el calor es levantar la tienda-cocina y la tienda-comedor como si de una sola estancia se tratase; bien pegadas para que el calor proveniente de los pequeños fogones de queroseno caldee la estancia en la que desayunamos/comemos/cenamos y pasamos la mayor parte del tiempo viendo alguna película, leyendo, escuchando música, charlando o encargándonos de las labores de comunicación –como es el caso de una servidora–.

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Al mando de la cocina tenemos a Moshin Sadi (Golapur, 1976) quien ya estuviera con nosotros el año pasado en este mismo campamento, una especie de McGiver pakistaní capaz de reparar generadores, idear nuevas formas de iluminación e incluso masajear contracturas al margen, por supuesto, de elaborar infinidad de recetas diferentes a partir de los mismos ingredientes irremediablemente congelados; kilos de arroz y lentejas, también pasta, huevos, harina, alguna verdura, diversas especias locales que desconocemos y la carne de la cabra que mataron aquí mirando hacia La Meca conforman la base de nuestra dieta, aunque también hemos traído cargamento de casa (¡¡¡Gracias Isabel, Garoa Gaztak, Patés Katealde, Carnicería Alejandro Goya y Grefusa!!!).

Esta es la quinta expedición invernal para Moshin, hombre experimentado donde los haya que acumula ya más de 14 expediciones estivales y más de 30 salidas con grupos de trekking. Como asistente de cocina, mano derecha de Moshin, nos acompaña Zia Hayat Meer (Diamor, 1995 –no lo sabe con exactitud–) quien lleva unos cinco años trabajando en diferentes hoteles de Islamabad, Carachi y Lahore.

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Entre los dos llevan un control exhaustivo de los víveres y los niveles de queroseno (para la cocina) y gasolina (para el generador) de los que disponemos. Siempre conviene racanear y guardar de más por si la nieve colapsa el camino y los porteadores no pueden llegar aquí a reponer existencias.

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TIENDAS PERSONALES

A parte de la estancia común, contamos también con tiendas personales para los ratos que preferimos pasar a solas, y para las noches claro. El generador se apaga a eso de las 20:00, momento a partir del cuál nos quedamos sin luz, así que para las 21:00 normalmente nos retiramos a dormir. El desayuno no lo tomamos hasta pasadas las 9:00 de la mañana, porque el sol no calienta hasta las 10:30 así que es preferible aprovechar al máximo el calor generado dentro de la tienda. Cuanto más pequeñita, más incómoda pero también más cálida. Hemos aprendido que recubriéndola por dentro con esterillas conseguimos aislarla aún más manteniendo el calor y evitamos además que la escarcha nos caiga encima.

En cualquier caso, para hacer más llevaderas las gélidas noches, contamos con tres fieles aliados: un buen saco para Campo Base, la bolsa de agua caliente para los pies y el denominado ‘pee bottle’ –imprescindible– que nos permite orinar sin tener que salir a la intemperie. Durante el día, en cambio, en cuanto el sol se deja ver, nos apresuramos a abrir las cremalleras para airear las tiendas y los sacos de dormir humedecidos por la escarcha.

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El apartado referente a la higiene/duchas etc… casi es mejor obviarlo por prácticamente inexistente. Esta vez no contamos con tienda-baño, así que cada uno de nosotros busca en los alrededores un lugar en el que a punta de pala abrir un hueco que haga las veces de inodoro. Para una ducha ‘full-body’ que decimos aquí, hace falta derretir varios litros de nieve, de modo que lo consideramos un lujo (relativo, porque el frío que se pasa no tiene nombre) del que hemos disfrutado en una sola ocasión desde el comienzo de la expedición. Lavarse la cabeza más a menudo sí que es posible, una vez descongelado el champú y siempre y cuando el fuego de la cocina esté encendido para poder correr a secarse el pelo, unos segundos bastan para que se endurezca y se congele.

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PANELES SOLARES Y GESTIÓN DE RESIDUOS

Ahora contamos con más horas de sol que cuando llegamos a finales de Diciembre; entonces apenas nos acompañaba durante dos horas y media, ahora casi son cinco al día. Ello nos permite obtener energía a partir de los paneles solares, energía que, al igual que la proveniente del generador, va a parar a un transformador con el que cargamos ordenadores, móviles, cámaras… y demás aparatos electrónicos.

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Por otro lado, también tratamos de disminuir el impacto que generamos en este entorno separando los deshechos que producimos, aunque no negaremos que se trata de una lucha un tanto frustrante tratar de concienciar mínimamente a los pakistanís que nos acompañan. Hemos acondicionado un gran agujero bajo una rejilla donde arrojamos los residuos orgánicos de los que, por cierto, los zorros se alimentan de noche.

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Separamos pilas así como bombonas de gas, y los papeles y cartones los quemamos para reducir el volumen de los deshechos que habrá que bajar al término de la expedición. No es lo ideal, pero supone un avance respecto a lo que se viene practicando en este país.

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Ni el frío, ni las incomodidades, ni las añoranzas harán desistir mientras el Campo Base siga albergando grandes dosis de amistad, solidaridad y ‘buen rollo’ en general. Nos lo decía Simone Moro el otro día: “las expediciones invernales son más un juego psicológico que un mero reto físico”.

       

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